2 Mayo 2020

En el primer momento en el que observé esta foto, solo podía pensar en que, la imagen, comunicaba muchas cosas, interpretables de muy diversas maneras. Así que os voy a contar todo lo que me transmitió a mí.

A simple vista, observaba un niño leyendo. También un adulto, que me llevaba a la duda de si era él, impulsando al niño a ser adulto, o era el propio niño el que se visualizaba como tal. No pude quitarle ojo al hada, que aun presente en la foto, parecía que se alejaba. Puestos a imaginar, parecía que huía del señor que sale del libro. Su semblante y su seriedad no daban cabida a la existencia de un hada mágica.

Después de aceptar el reto de escribir sobre esta foto, y asumiendo que a cada uno le transmitiría una cosa distinta, comencé a preguntar a conocidos qué les sugería la imagen, recibiendo las siguientes respuestas: aprendizaje, concentración, futuro… Y con la que me quedé: “Soñar” ¿Por qué esta respuesta? Porque sí, porque la compartía. Y desde ahí, comencé a escribir.

¿Con qué sueña el niño? ¿Con qué sueña el hada? ¿Con qué sueña el adulto?

El niño puede soñar con ser adulto, pero también puede soñar con no serlo. Puede crear, puede imaginar, sin siquiera saber que es un talento que se pierde con el tiempo. O por lo menos se olvida. El hada puede soñar con seguir existiendo en la imaginación de cada niño, en que no le olviden cuando crezcan e incluso en permanecer en los sueños de un adulto. Se me ocurre que el adulto puede soñar con soñar como un niño. Con recuperar el talento, con recordarlo, con no perder de vista el hada.

Pero se nos olvida una parte muy importante. ¿Con qué sueña el adolescente? Aprovecho para decir que los adolescentes son mi debilidad. No sé si es por lo mucho que les entiendo o porque he aprendido a lidiar entre ellos y sus familias. No sé si es porque los identifico con mi pasada adolescencia o porque incluso soy capaz a día de hoy de identificarme como adolescente.

La etapa de la adolescencia supone un cambio de etapa en el ciclo vital de cada individuo. Una etapa de la que nadie te previene. Una etapa en la que sueñas con ser mayor, con ser un individuo hecho y derecho y dejar atrás toda la fantasía infantil. Pero también es una etapa en la que pierdes la seguridad que te aporta el mundo mágico, el poder crear tu mundo, el poder trasladarte a él. Es la hora de convertirse en una personita “independiente”. Es la hora de fabricar tu propia autonomía. Hay muchos pacientes que, por suerte, tengo el placer de, no solo atender, sino también convivir en terapia durante horas con ellos, que me han mostrado a ciencia cierta que no han sido capaces de llevar a cabo el proceso de cambiar de una etapa a otra con éxito. Por diversos motivos, que ahora no me pararé a analizar. Pero el resultado es que se encuentran sumergidos entre ese señor con los brazos cruzados y ese hada que se escapa. Atrapados en la necesidad del cariño e incondicionalidad de un vínculo parental y la imperiosa necesidad de no necesitarlo. Sin pararme mucho en esta parte más “técnica”, traducirlo de forma sencilla en que, quedan atrapados entre la búsqueda de sentirse queridos incondicionalmente y la búsqueda de una libertad absoluta, casi impropia de los propios adultos. Ahí aparece el conflicto, la confusión, las conductas tremendamente incoherentes entre el rechazo y la demanda.

No hace mucho, entré en una interesante conversación con una persona cercana, en la que debatíamos acerca de la fortaleza, la resiliencia, lo innato y lo aprendido. Y yo solo podía pensar en los muchos pacientes con los que he compartido y comparto un proceso terapéutico. Un proceso en el que se genera esa incondicionalidad, en el que aprenden a sacar su fuerza interna debilitada, para transformarla, potencialmente fortalecida, en parte de sí mismos. Y no sé si es correcto afirmar que de ese modo se convertiría en algo innato, pero desde luego sí puedo afirmar que se convierte en un funcionamiento completamente distinto a la hora de afrontar el resto de dificultades que tengan que atravesar a lo largo de sus vidas. Simplemente uno aprende a construirse, si sabe elegir el compañero adecuado para ello. Sobra decir que, evidentemente, ésta es una labor de las personas que nos dedicamos a ello, y que no todos los vínculos son lo suficientemente sanos, parciales y adecuadamente potentes como para facilitar esa construcción personal. Recalco la palabra “adecuado”, porque no se trata de cantidad; ni mucho ni poco. Si no de una cualidad intrínseca del propio vínculo.

Dicho esto, creo que he comenzado hablando de sueños y he acabado adentrándome en el fascinante mundo adolescente. Y quien habla de adolescentes, también habla de niños con altas capacidades o de adultos que nunca han llegado a completar su construcción personal. Que nunca se han parado a ver cómo quieren ser. Quiénes son. Dónde está el hada, dónde se encuentra la exigencia del adulto cruzado de brazos y dónde quieren posicionarse ellos mismos.

Cuando crecemos, perdemos la capacidad de abstracción, de ser creativos, de trasladarnos a mundos mágicos. Pero también adquirimos la capacidad de elegir y de responsabilizarnos de lo que hacemos.  Y, aunque muchas veces esto parece estar fuera de nuestro control, porque ponemos nuestros comportamientos en función de lo que hace el otro, sinceramente creo que plantearlo desde esa indefensión, puede resultar frustrante y contraproducente.

Y en este momento, inevitablemente, tengo que incluir una reflexión completamente personal. De Irene, como persona. Aunque estoy convencida de que, haber llegado a ello, me convierte en una mejor terapeuta. En este parón, en este confinamiento, en esta única alternativa de estar con uno mismo, me he dado cuenta de la importancia de saber acompañarse. Dejarse el espacio para “ser”. Aprender a “ser”, sin los demás. Decidir, sin necesidad de un aliciente o la espera de una respuesta deseada. Ser y ser querido eligiendo ser uno mismo. Decidir si quieres que el hada esté más cerca o si, por el contrario, te decantas por el adulto cruzado de brazos. “Parar”, te brinda el tiempo para profundizar en uno mismo y elaborar ciertas situaciones que has dejado pasar. Te fuerza a reflexionar sobre los riesgos que tomas, las consecuencias que tienen, el énfasis que le pones al disfrute o a lo obligatorio. Lograr entenderte, perdonarte, perdonar y elegir. Como no siempre sabemos hacer eso, el espacio terapéutico es, sin duda, un lugar de “parón”. Un espacio propio, en el que un guía te ayuda a elaborar todas estas cuestiones. Pero no solo en el mundo adulto ya que, trabajamos en “qué hacer con la responsabilidad que implica la libertad de poder elegir”. Analizando ese concepto en el mundo infantil y adolescente, cabría preguntarse: ¿Es esa la libertad que imponen a veces los niños con su conducta incomprensible o es la que piden a gritos los adolescentes a través de su rebeldía?

Antes de irse, mi padre me escribió lo que seguro sabía que me haría reflexionar el día en el que me parara:

“(…) Si algo he aprendiendo en esta vida es que lamentarse no tiene remedio. Hay que saber dónde se encuentra uno y luchar por lo que quieres y levantarte una y otra vez, por muchas veces que caigas. Espero que al menos te sirva de lección, aprendas de ello y no cometas el mismo error. No quiero que estés triste. Tu potencial es enorme. Eres tremendamente inteligente. Céntrate y utiliza esa inteligencia en tu beneficio. (…) Jamás te pongas límites y persigue lo máximo en la vida. Tendrás que renunciar a muchas cosas, pero sin duda alguna, muchas otras cosas las reemplazarán. Goza con lo que posees, aunque sea escaso. Solo así conseguirás ser feliz. Sueña si quieres, pero siempre con los pies en el suelo (…)”

No tenía previsto escribir sobre esto, pero gracias a la persona que me retó a escribir sobre esta imagen y a la persona que me respondió lo que le transmitía esta foto, porque supongo que me ha ayudado a elegir hablar de ello. Y es que resulta que mi padre me habló de “Soñar”. 

Así que volviendo a la pregunta que nos atañe… ¿podemos soñar? No sé si todos estaréis de acuerdo. Pero mi conclusión es la siguiente: “Sí, podemos. Podemos soñar”. Es más, me atrevería a decir, “soñemos”. 

Equipo JMI

#Nadietienemiedo

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