BAILEMOS

26 abril 2020

Os lo voy a confesar; cuando vi esta foto lo primero que pensé es en las ganas que tengo de bailar con mi familia, especialmente con mis sobrinos, mis amigas… incluso, de bailar por la calle sin rumbo fijo. Sí, a veces lo hago. Después pensé; Irene, céntrate, es un blog de psicoterapia. Y automáticamente resonó en mi cabeza el nombre de Carl Whitaker, un terapeuta que tenía un potencial innato para el baile terapéutico.

No quiero centrarme demasiado en tecnicismos, pero sí recomendaros su libro “Danzando con la familia”, especialmente dirigido a profesionales de salud mental. Como considero que cada uno tiene su forma de trabajar, no voy a dedicar el post a hablar de su libro o de su manera de entender la terapia y los pacientes. Prefiero seguir contándoos cómo se trabaja en JMI, aunque eso siempre suponga hacer referencia a distintas escuelas, corrientes y personajes fundamentales en la historia de la psicología. De otro modo, es imposible construirse como terapeuta.

Dicho esto; cada terapeuta es un mundo, un conjunto de experiencias vitales, de aprendizaje, de funcionamientos, de relaciones, de sentimientos… y un largo etc. Es casi imposible que dos personas bailen exactamente igual. De la misma manera que es casi imposible que dos personas lleven a cabo la misma terapia. Pero, ¿y si además añadimos una segunda variable?
Otra persona, con su conjunto de experiencias, creencias, relaciones y el mismo largo etc. Se convertiría en algo imposible que ambos bailaran exactamente igual que otras dos personas. Sería imposible, incluso, que cada uno bailara a su forma, sin tener en cuenta cómo baila la persona que tiene enfrente. Y si extrapolamos la metáfora del baile a la terapia… Sí, la terapia podría asemejarse a un baile. Un baile entre el terapeuta y el paciente; o complicándolo más, un baile entre el terapeuta y cada miembro de la familia.

¿Qué bonito esto, no os parece? No hay dos terapias iguales, aunque el terapeuta sea el mismo y los pacientes presenten las mismas dificultades. No hay dos terapias iguales, aunque el paciente acuda a terapia con la misma problemática. La interacción, el baile, el crecimiento de la relación, es único, y depende de ambas partes. Esto puede generarnos cierta confusión o incertidumbre ya que, parece ser una necesidad intrínseca del ser humano “saber qué va a pasar”. Pero en este caso, sí hay una parte que controlamos. La confianza en la pareja de baile, en el terapeuta. Y también sabemos de antemano el objetivo final: que la coreografía salga bien, que el paciente logre mejorar y alcanzar el bienestar. Bajo esta premisa, todas las herramientas empleadas estarán a disposición de ambos. El terapeuta trabajará duro para compartirlas con el paciente y lograr los propósitos conjuntamente acordados. Pero este trabajo no tendría ningún valor sin el compromiso de la otra parte; sería como si un miembro de la pareja dejara solo bailando al otro. Por ello, no me cansaré de recalcar la importancia de confiar en el terapeuta como guía, como compañero de trabajo, como herramienta hacia el crecimiento, sin perder de vista, jamás, el objetivo final y desde el principio compartido.

En definitiva, la terapia es un baile entre el paciente y el terapeuta. Ambos bailan, ambos trabajan. Ambos ponen el ritmo y deciden las pausas. Definen la cercanía o lejanía que resulta más eficaz. Ambos, perfeccionan la coreografía.

En el inicio de la Web os propongo: “Construyamos”. Ahora matizo “Construyamos bailando”

Equipo JMI
#Nadie tiene miedo

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